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Tenía la boca llena de pelo. Pelo negro y fosco, pelo duro, pelo largo y entero que me increpaba y me obligaba a abrir las aletas de la nariz al máximo. Llevaba noches sin poder dormir, y el pelo había ido creciendo como una semilla entre algodones hasta cubrirlo todo por completo, enredándose entre los dientes y dejando inservibles todas y cada una de mis papilas gustativas. No podía dormir, pues el sonido del pelo creciendo me tamborileaba las sienes, como una marcha hacia el cadalso a las tantas de la madrugada. Quise gritar pero tenía, perfectamente anudados, mil filamentos duros y ásperos como sogas sobre mis cuerdas vocales que me impedían articular palabra. Él me quería dormir, y yo luchaba por mantenerme con vida. Los minutos se convirtieron en una arcada permanente cuando el pelo comenzó a trepar por mi laringe y a obstruir mis fosas nasales. La nitidez desapareció. Me faltaba el aire, y su presión sobre mi nervio óptico me hacía vivir en la ciudad más nublada del mundo. No sabía si venía de muy lejos o había escapado de alguna parte. No podía ver nada, sólo escuchaba las rejas de los comercios y suponía que ya era de día desde hacía un buen rato. Sólo me quedaba rezar y esperar a que alguien, desde la calle, notase una señal.

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