Temía a los paraguas dados la vuelta, al frío, a la velocidad con la que su cuerpo perdía calor si él no estaba, sin importar los inviernos o los veranos, los soles salinos o los edredones granizados. Y temblaba. Temblaba como si fuera un perro. Roía la caligrafía de su sueño y se convertía, una vez más, en H muda, en esputos sanguinolentos de ceros a la izquierda en su rostro. Deambulaba en el silencio de las madrugadas y mataba cada pesadilla con un alarido que se desenganchaba del estómago y salía en forma de garfio entre las anginas, rozando la campanilla, reventándole los dientes. Palpaba y no encontraba su mitad decente, la blanca y aséptica, la que congelaba las miradas elegidas. Escalaba por las celosías de la noche, buscando el espejo que algún día le absorbió, el suicidio precoz de su sombra en la alcantarilla más sucia de la ciudad, y no encontraba más que cristales rotos sobre los que volver a intentarlo, el baile eterno de la muñeca de su caja de música. Latía con un tutú hecho cenizas entre baldosas blancas y negras que se confundían con las cinco octavas de aquel que tampoco dormía y martilleaba sus teclas sin saber a dónde iba. Se movía lento y cantaba hondo hasta quebrarse el diafragma, un impulso violento que vibraba y le ardía en la garganta, que partió todas las cuerdas de su mundo sintético y dejó en la habitación olor a angustia y a amapolas mustias. Se empapaba de lluvia en cada nota, se fumaba todas sus letras descoloridas, se convertía en una ánima errante más frente al espejo casi podrido que sólo era capaz de devolverle unos labios morados y rasgados, la ausencia de un beso que reverberaba en las cuencas de sus ojos casi vacías, sus manos que buscaban el pulso del silencio, el compás indefinido que le hacía desfallecer como una cadencia imprecisa. Trece instantes después que se sucedieron como disparos asesinos, el sol se apresuró a cubrir lo que quedaba de ella como si fuera una frambuesa madura que le hacía cosquillas en la nariz, el triste momento del hueco (perfecto) que le enroscaba entre sus brazos y su pecho. La luz le coloreaba en un intento fallido de convertirle en acuarela, en lienzo que absorbiese cada matiz cromático mientras el calor que se proyectaba a través de las cortinas rasgadas de pánico le deshacía volviéndole pegajosa, enraizando los vapores del estío en sus poros ásperos, convirtiendo de nuevo ese momento, el cuadrante, la línea que delimitaba su cuerpo entumecido en un asqueroso Trópico de Cáncer.

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