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Desde hacía tiempo su vida se centraba en construir soldaditos de lata para vender en su puesto del rastro los domingos. Más bien para colarse entre la masa humana con un stand que él pudiese encontrar. Rozarle la mano cuando la extendía para tocar la punta del fusil del veterano de Vietnam de turno. Beberse sus muecas, suplicarle con los ojos un cachito de su mar de acuarela. Eran imbéciles. Estaban envenenados. Él odiaba las guerras y ya tenía enfilados en su mesa cien soldados enlatados. También odiaba que le devolviese las monedas colocadas estratégicamente encima del billete, la muy tonta… Ella odiaba morderse los labios mientras le envolvía minuciosamente el estúpido muñeco. Ambos sabían lo que había, y lo ignoraban. Ambos tomaban sus papeles de domingo y se disfrazaban de disimulos para no evidenciar el deseo de morir mordidos por sus cuerpos. Ambos tenían magia en el iris y miedo en las pupilas.
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