A veces

crees que deberías dejar de emborronar tu lengua

y sin embargo

rellenas una y otra vez la copa (v i c i o s a) de su ombligo

para ahogarte en un desborde de pecado

en las letras entintadas de su súplica:

“bebe cielo, bebe” 

y jugar con las ambigüedades

a golpe de quiebro de cintura

deseando que respire con sus manos tus silencios de zorra

mientras te fuma la boca y pervierte el tiempo que te viste

de pies a cabeza

con un mantel de cuadros rojos y blancos

y las velitas de colores

(para dos)

que nunca hemos encendido

conteniendo un cuerpo que arde poco a poco

y que acabará hecho cenizas.

Seguir leyendo

 

Ya no creo en lo recíproco | ni en los mora’os de mis rodillas | después de acostarme contigo.

Seguir leyendo

Escardar y deglutir ortigas | tras haber inhalado las cenizas que levantan las cavidades horadadas con barrena | como si después de mudar el cuerpo el alma quedara enganchada al picaporte | alborotando escolopendras | Y tú palidecer | y dejar hacer a una noche que se desploma por el agujero del patio | como un vecino suicida | mientras las manos se tiñen |  otra vez | del frío de guisantes congelados.

Seguir leyendo

 

 

Que si me sangra la boca, me la anestesies a besos.

Que si el lunes me madruga, lo duermas con tus sueños.

Seguir leyendo

Mirar al frente.
Sin desviar la mirada.
Los ojos quedaran petrificados
en algún punto vacío de existencia.
Transparentes.
Duros.
Afilados.
No tendrán luz. Sólo la aureola blanca de la muerte.
Fríos…
Si no se debían para verte.

Seguir leyendo

Te marchaste y sólo fui capaz de retenerte en el espejo. En los cristales púrpuras que flotan por el fondo de la habitación y levantan partículas de polvo dolorido. En el vuelo de todas las hojas no escritas de nuestro árbol decrépito.
Nos consumimos en una última mirada atrapada en el tiempo líquido que se nos escurre vertiginosamente entre los dedos, tiñendo de un gris moribundo los escasos recovecos que nos quedan por (re)corrernos. Vivimos, y lo hacemos confiando en que siempre quedará un lugar para nosotros en el recuerdo marchito de los helados derretidos, que permanecerá oculto en la guarida de los porsiacasos como emergencia a un salto de nuestra imagen en mil pedazos repletos de ahogo al son de una puerta detrás de ti y una ventana abierta por la que suicidar sombreros amarillos.
Borré el adiós del suelo y te propuse quemar todas las rayuelas asonantes cuya meta no fuese nuestra casualidad. Y de noche me acosté con cien luciérnagas revoloteando por si decidías volver a donde nunca estuviste.

Me marché y sólo fuiste capaz de retenerme en el espejo, aquél que me devolvía la cobardía de los imposibles, los faroles estúpidos y los ases quemados en la manga. Un miedo rastrero que me recordaba lo que era un verano nevado, el olor a lluvia de tu almohada, una i chirriante y larga que me cerraba la puerta hacia de ese destino juntos. El sinsentido de que queriéndote tanto, nunca sabré quererte bien. Corrí porque el cielo amenazaba con otra guerra de cristales rotos, y acabé en la batalla interna del que huye sabiendo que perseguidor y perseguido se esconden tras la misma piel.
Y en la oscuridad más profunda veo sin oír tus cien luciérnagas cancerberas que revolotean tu sueño de bicarbonato, y huelo la tristeza de la sangre ya reseca en nuestro escenario de cuatro letras, sabiendo que si estoy allí es porque jamás me atreveré, por cobarde, a regresar.

Seguir leyendo

Te siento, sin conocerte, como una titánica resaca de esas de mirar al techo durante horas, extasiados y agotados a partes iguales, con el cerebro ardiendo y el alma suplicando clemencia por las esquinas. Y noto el espesor de nuestro pelo chocando contra cabezas muy pequeñas, pequeñas como pequeñas partes del Universo, y gravemente perjudicadas, como él.

 

Seguir leyendo

Noto a alguien al otro lado de la puerta. No toca el timbre, se limita a acariciar la superficie con los dedos y a hacer pequeñas mue(s)cas en el marco lo suficientemente profundas para que pueda verlas en cada vuelta del trabajo. No sé cuánto tiempo lleva desde que regresó, ni siquiera si llegó a irse en algún momento, pero provoca en mi cabeza y mi tripa un revoltijo de sensaciones opuestas que se traducen en ahogos y ganas de gritar para el resto del cuerpo.  Abro la puerta y se cuela un verano con sabor a charcos estropeados y bufandas pisoteadas. Sigue arañando la puerta, lenta y rítmicamente. No me mira, ya no, está absorto en un puzzle desmadejado de fotografías rotas en el suelo. “Las fotografías no importan” – le digo – “las fotografías no son más que un trozo de papel… por más que las guardes, nunca quedará lo que no tenga que quedar”. Sigue sin mirarme mientras yo decido pegar la oreja en la rendija que queda junto a sus bisagras. Respira con calma y su cuerpo produce un sonido entre mecánico y musical, como si tuviera mil soplos internos silbando al compás. Coloco mi mano en su cuello estratégicamente, allí donde tantas veces anidó mi sueño, y noto el latir de su arteria principal entrecruzándose con las líneas de mi mano. Así pasan diez, veinte, cincuenta minutos hasta que al fin se detienen las mil pelotas de colores rebotando en el estómago. Quiero que entre. ¿Qué traerá esta vez? ¿Qué se va a llevar? Ahora soy yo la que araña la madera. Sólo intenta ser cortés. Podría haberse colado en cualquier descuido, pero prefirió esperarme en el umbral de mi memoria, raspando el marco de mi puerta mientras construía  una estructura formada por interrogantes, trozos de acero, monosílabos, hilos de papel y puntos suspensivos. Cada vez más gruesa. Cada vez más densa. Y mis piernas lo suficientemente abiertas. Y su capacidad de mímesis lo suficientemente desarrollada como para volverse vi(ol)ento y colarse por debajo de la puerta. No necesita llaves. Y lo sabe.

Seguir leyendo

De tan mala suerte que había tenido comenzó a apagarse cigarrillos en la lengua retorciéndolos, pequeños y blandos, hasta hacer de ellos un espasmo eléctrico en la rabadilla, un ardor cósmico como un mordisco en el pezón, peta-zetas desconsolados para adultos. 25 fotogramas por minuto y parece que siempre hubiese sido invierno, con sus copos de nieve, sus vientos y las continuas flores de plástico de cementerio con tarjetas de condolencia. Y no es que estuviese triste, eran esos ojos suyos, que siempre iban de por libre, y tan pronto se les antojaba hacerse grandes y blancos como dos lunas, dormir de un tirón, o almendrarse y replegarse hacia dentro cuando nunca llegaba mañana. Arquitectura antigua y decoración isabelina. Nadie se imaginaba que escondiese almas debajo de la cama, como el que colecciona postales antiguas, o que colocase lunas en sus ratos libres, porque todo el mundo pensaba en cristalería automovilística y se olvidaba de lo otro, de todo lo que tiene de poesía. Por eso cuando la encontraron mojada y débil tirada en una esquina cualquiera, con el estómago quebrado y desmenuzado como una esponja seca, nadie se podía imaginar que era ella, que había comenzado a jugar con su destino al tres en raya por calles que ni conocía minadas de culos de botellas rotos y caladas de labios de pecado. Sucias y oscuras, pero todas con un mismo final: tablas.

Seguir leyendo

y
y al
y al final
y al final de
y al final de la
y al final de la noche
y al final de la noche te
y al final de la noche te estarás
y al final de la noche te estarás sofocando
y al final de la noche te estarás sofocando…

c o n t u s g r i t o s


Seguir leyendo